En el año 2008, cuando
cursaba el último semestre en el Colegio de Ciencias y Humanidades de
Azcapotzalco, mejor conocido como CCH
Azcapo, yo tenía 17 años. Debido
a mi lugar de residencia (noroeste de la ciudad) coincidíamos de camino a la escuela varios
estudiantes del rumbo. Fue allí donde conocí a mis amigos. Todos éramos más o
menos de la edad y por consiguiente igual de inmaduros y atrabancados. Éramos alrededor
de 20 estudiantes; nos cuidábamos y nos respaldábamos
de cualquiera que quisiera propasarse con
nosotros.
El porrismo es un tema que es muy común en la UNAM y más aun en el CCH. Muchos de mis amigos cometieron el error de volverse
porros. En varias ocasiones me invitaron a formar parte de sus filas,pero en todas
ellas yo me negué. Nunca me sentí presionado por ellos y seguíamos en el relajo.
En febrero de ese año
la FEN (grupo porro del CCH Naucalpan)
celebraría su fiesta de aniversario y mis amigos estaban invitados; ellos, nos
preguntaron si queríamos asistir y nosotros por curiosidad aceptamos. La cita era
el viernes a las tres de la tarde; el
lugar de reunión, la entrada del CCH.
La garantía de no ser cuestionados por convivir entre porros, eran mis amigos: vienen conmigo, no hay problema decían a sus
dirigentes.
Abordamos unos camiones; iban muy llenos. La policía nos
custodiaba y vigilaba que no hiciéramos desmanes. Llegamos al lugar en donde se
celebraba la fiesta y a esta gente les gusta presumir que son orgullosos universitarios;
echaban goyas de sus respectivas
escuelas.
Dentro de la fiesta había porros del CCH Vallejo, Oriente, Naucalpan y Azcapotzalco,
y de las diferentes preparatorias de la UNAM.
Diferencias entre el CCH azcapo y la FEN provocarían una pelea entre ambos bandos. La
adrenalina que se sintió fue muy fuerte, yo estaba en medio de las masas en conflicto
con mis amigos y tuvimos que atravesar entre ambos bandos que se lanzaban
botellas de cerveza y piedras. Logramos tomar nuestras cosas y salimos de allí.
Había una gran cantidad de patrullas afuera del lugar. Corrimos
hasta la estación del metro y allí tuvimos que separarnos para lograr escapar. Más
tarde todos nos reunimos en la estación del metro Rosario; al ver que todos estábamos
bien abordamos nuestro camión. Aun con la adrenalina en nuestros cuerpos, comenzamos
a relatar como habíamos vivido la pelea.
Esto no me enorgullece, aunque debo admitir que fue una
experiencia que no olvidaré, tuve suerte y pude haber salido gravemente
lastimado. Jamás volví a asistir a esas fiestas.